Hiromi Uehara en Eikyô

Ya ha salido el número otoñal de la revista Eikyô: influencias japonesas, con cantidad de artículos y una portada de locura. Entre los textos, hay uno con mi firma sobre la pianista de jazz de moda, Hiromi Uehara. Aquí, me perdonáis el autobombo, un fragmento:

Uehara afirma que no sigue la tradición del jazz japonés, o no conscientemente. Es probable que sepa, sin embargo, que en Berklee también estudió la gran pionera del piano “jazzístico” de Japón, Toshiko Akiyoshi. Tan refrescante y exótica era su presencia en la escena americana de postguerra que le pedían que tocara en kimono. Ella, con mucha educación, lo hacía los sábados por la noche. El resto de la semana vestía el menos etnográfico traje de cocktail –después de todo, eran los años 50.

Como ya dije, no puedo sino recomendar Eikyô. Cada vez está en más tiendas y podéis recibirla en casa también.

rega: instrumentalismo

El rock japonés no sería lo que es si no fuera por la música instrumental. Por estas partes, los grupos sin voz son pocos y hasta exóticos, aunque los hay y muy buenos -quien me siga en Twitter a lo mejor me ha oído hablar leído escribir de los madrileños Toundra. En Japón hay una larga tradición, que se remonta a la visita de los Ventures, allá por 1963, y a la consiguiente “Venturemanía”.

Mi teoría es que el idioma siempre ha sido crucial, que en Japón el inglés fue durante muchos años la única opción -la lengua del rock-y que no mucha gente lo habla, y mucha menos lo pronuncia.  De ahí que tantos  grupos se limiten a tocar sus instrumentos mientras sus miembros se miran los unos a los otros. La calidad es apabullante, especialmente cuando se presta atención a la cantidad. No hay uno ni dos ni tres grupos buenos, sino veinte o treinta. Además, es un tipo de música que cae muy bien entre el público indie. Gusta mucho en Japón.

De cualquier manera, estos son REGA, una de las sorpresas de 2009 y muy activos durante 2010. Tienen dos álbumes completos en el mercado (Million y Lyrics) y un número importante de trofeos en su currículum: récord de ventas en portales indie, grupo del año para varias tiendas y distribuidores etc. Ahora trabajan para JVC así que no se andan por las ramas. REGA son Ryiji Ide (guitarra), Akinobu Aoki (bajo), Takafumi Miyake (batería) y Akira Yotumoto (guitarra). Vienen de la parte meridional de Japón, aunque viven y tocan principalmente en Tokio. Post-rock, math rock, rock progresivo, jazz rock… y el funky es la marca de estilo. Por último, una para el club de fans de la pandereta: qué bien suena el bombo de esa batería, ¿no?

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En el principio Eri Chiemi

Eri Chiemi tenía dieciocho años cuando grabó esta versión del “Rock Around the Clock“, en el verano de 1955. La original, interpretada por Bill Haley & His Comets, había arrasado en las listas de ventas de los Estados Unidos tan solo seis meses antes, erigiéndose como el primer éxito oficial de la historia del rock ‘n’ roll. El germen de la fiebre no fue la radio -era una cara B- sino la gran pantalla: la canción apareció en los títulos de crédito de la película Semilla de maldad (Blackboard Jungle), con Sidney Poitier en el papel de estudiante problemático. En las ocho semanas que siguieron al estreno, entre enero y febrero de 1955, “Rock Around the Clock” vendió un millón de copias en los Estados Unidos. Y ya ese verano Eri había hecho su versión bilingüe en Tokio. No solo es precoz, también es de las buenas. Quiero decir que no fue una lectura inocente. No es una canción ñoña, ni tampoco es cute. Es rock ‘n’ roll, cantado con seguridad y aplomo.

El motivo por el que no escuchas guitarras es porque aún no había guitarras eléctricas en Japón. Tan temprana es. Y el motivo por el que suena jazzy es porque Eri Chiemi llevaba desde los catorce años haciendo las delicias del público con sus aproximaciones a Louis Armstrong y compañía. Como, por otro lado, no había nada con lo que compararla, “Rock Around the Clock” iba a ser tocada en clave de jazz, la forma original de rebeldía juvenil.

Antes del nacionalismo desquiciado, de la expansión imperialista y de la guerra perdida de antemano (una larga alucinación que duró entre 1931 y 1945) Japón escuchaba mucho jazz. Y antes de Hiroshima y Nagasaki, el país ya era un montón de escombros y un escaparate de penurias; además, solo un puñado de gente creía que el emperador fuera un semidios o que estrellarse con un avión en un portaviones por el bien de la patria tuviera mucho sentido práctico. Así que los americanos -que desembarcaron en Tokio en septiembre de 1945 y gobernaron Japón de facto durante más de una década- fueron recibidos con alegría. Con ellos regresó el jazz, promovido en la radio como complemento ideal a los valores democráticos. Y aunque fuera sinónimo de contracultura, el rock sirvió el mismo proposito. Había defensores de la tradición, sí, pero en general la atmósfera era futurista.

En el Japón de postguerra, tener un don para el espectáculo podía ser una bendición: mientras que el salario medio de un oficinista en 1950 era de tres mil yenes, un músico de orquesta ganaba 20000, y algunos hasta 50000.  Así pues, la familia de Eri Chiemi no tuvo inconveniente en que la niña frecuentara los clubes nocturnos que rodeaban las bases militares. Su educación fue el jazz y el jazz fue su vida, a pesar de los devaneos con el rock y otras formas musicales más conservadoras, como el enka. Siguiendo la costumbre de la época, fue invitada habitual en los programas de variedades de la televisión nacional, e hizo también muchas películas, una de ellas junto a sus dos grandes competidoras, Misora Hibari e Izumi Yukimura.

Izumi, Misora y Eri en Janken Musume, también de 1955

Su primera canción de estudio (“Tennessee Waltz“, 1951) sería también su primer éxito, y el mayor. De hecho, en una u otra versión, ya fuera yanqui o nipona, “Tennessee Waltz” fue el tema más vendido de la historia en Japón hasta 1974.  Ese año precisamente Eri grabó su último sencillo. A partir de ahí comenzó su decadencia. Como haciendo una ofrenda macabra al espíritu de “Rock Around the Clock”, su muerte fue muy rock ‘n’ roll. Todo el mundo sabe cómo terminó John Bonham en 1980. Eri Chiemi murió de la misma forma, en 1982, a la edad de cuarenta y cinco años.

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Shibuya-kei (1): Pizzicato Five -The Audrey Hepburn Complex

En Akane Indie no solemos pensar en la ética, pero nos preocupa mucho la estética. Así, aunque desconocemos o ignoramos los problemas del mundo, tenemos un gusto exquisito. Por eso dedicaremos varias entradas a uno de los movimientos más escapistas de la historia de la música pop: el Shibuya kei o “estilo Shibuya”. Nada mejor que empezar con el más conocido de todos los grupos, Pizzicato Five, y con la más conocida de todas las canciones, “Twiggy Twiggy”:

El arte por el arte. Evocar la cultura de principios de los 60 a finales de los 80 (dos épocas de prosperidad y exceso) es un desafío a las leyes del sentido común.  Frívola nostalgia. El título del primer disco, The Audrey Hepburn Complex (1985), define a Pizzicato Five a la perfección. Lo más curioso es que triunfaron en los años 90, cuando Japón abandonaba la euforia de los 80 y caía en depresión post-orgásmica, mientras que en Europa y los Estados Unidos las hombreras y las permanentes dejaban paso al grunge, la Generación X y las ONGs. Así que, dentro de la comunidad indie, hubo mucho rechazo al hedonismo del Shibuya kei. Pero el malestar no era más que una moda pasajera. El lujo viene y va. La crisis pasó, volvió la prosperidad, pasó la prosperidad, la crisis volvió. Poco importa. Además, incluso quienes adoraban a Kurt Cobain y a su desaseo personal dejaban de parpadear cuando veían a Maki Nomiya en la MTV.

Pizzicato Five buscaban el cóctel perfecto, y en dieciséis años y treinta discos de historia, tuvieron tiempo y espacio de probarlo casi todo. Aunque siempre se colocaron a la sombra de Audrey Hepburn… Hepburn y Twiggy, James Bond, el mod, la nouvelle vague… Con la notable excepción de la psicodelia, los años sesenta:

Y una herencia fundamental: la bossa nova según Caetano Veloso, que también vivió un gran momento en esa década  y que regresaría hacia 1990, como accesorio acústico sensual. Además, hay un ingrediente muy japonés en todo ello: el kitsch, que en Europa nos da un poco de vergüenza aunque no podamos dejar de reconocer lo bien que lo practican en el país del sol naciente. El kitsch (acaso camp) vino a decir que Pizzicato Five no se tomaban a sí mismos demasiado en serio, lo cual hizo de éste un grupo antiguo pero no anticuado, fresco, sin el acartonamiento de la “clase alta” a la que imitaban. A esta mezcla le ayudó el descubrimiento del sampling -cortar lo mejor de otras canciones y pegarlo en las propias. Entonces muchos lo consideraban una forma de plagio y una prueba de la falta de creatividad generalizada; hoy se sabe que fue una revolución musical:  Beck, Fatboy Slim, Daft Punk y Pizzicato Five lo practicaron a discreción (todos sus éxitos son samples) y pertenecen a la misma generación artística.

La fórmula funcionó muy bien en América y en el Viejo Continente. Algo extraño ya que uno de los sambenitos de la cultura pop japonesa es su supuesta falta de “autenticidad”. En occidente solemos pensar que al abandonar los estereotipos (el manga, los robots y lo friki en general) los nipones sólo producen versiones equivocadas de nosotros mismos. Hay mucho paternalismo en esta creencia, ya que por aquí nos copiamos los unos a los otros: Mick Jagger, más inglés que Dickens, canta con acento de Tennessee… y Brandon Flowers, del mismo Las Vegas pero fanático de los Smiths, canta como si hubiera nacido en Manchester. Y de cómo copian los grupos españoles a los ingleses y americanos, mejor no hablamos. Por nuestra falta de comprensión y paciencia, grupos que no son “típicamente japoneses” como X Japan (hair metal made in Japan) han vendido 20 millones de discos allí, pero aquí nadie los conoce.  En fin, esto no ha pasado con el Shibuya kei, y sobre todo no ha pasado con Pizzicato Five, a quienes tanto los no japanófilos como los no melómanos han escuchado alguna vez.

Pizzicato Five se disolvieron en 2001, en la cúspide de su carrera. Atrás quedó el Shibuya kei, nacido en el barrio tokiota de ese nombre, y hoy queda su amplia herencia internacional. Lo que hace Dimitri From Paris, por citar un caso, no se llama “retro” ni “New-nouvelle vague” ni “años 60″ ni “estilo beat”, sino Shibuya kei. Dentro de Japón, entre 1990 y 2000 cientos de grupos lanzaron discos al mercado siguiendo los pasos de Pizzicato Five. Y ha habido revivals. De unos y otros os hablaremos estos días. Sin embargo, por raro que parezca, hoy es difícil encontrar bandas o solistas que tengan “el complejo de Audrey Hepburn”.

Esto es así, creo yo, porque la industria musical ha cambiado. Quienes se quieren parecer a Maki Nomiya son inmediatamente atraídas a la vorágine del Oricon (los 4o Principales de Japón), donde pierden lustre. Un buen ejemplo de lo que digo es Karia Nomoto, una versión delgada (!) de Nomiya. En segundo lugar, la bossa nova ha sido reinterpretada en infinidad de temas aguados o easy listening, que sólo sirven para sonar en los ascensores, en los hospitales y en los peores recopilatorios de música chill out. Otra vertiente ha sido el techno, que no sale de las discotecas, y la música instrumental hecha por DJ’s, que en casos como el de Qypthone es muy interesante. Pero todos ellos toman prestadas imágenes directamente de 1963 o hacen uso de modelos y diseñadores para evocar el glamour de la época en sus vídeos y portadas. Falta quizás algo de carisma.

A decir verdad, también en los noventa las copias exactas de Pizzicato Five escaseaban. Y es que el Shibuya kei es muy variopinto, cada grupo tenía su estilo. El mérito de este movimiento es haber conquistado las listas de éxitos sin dejar de ser maravillosamente cool.