Japón en 2012: de todo menos “Gangnam Style”

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“Manatsu no Sounds Good”, el single del año en Japón.

 

Ya que este es un blog dedicado a la “música alternativa”, una entrada sobre súper-ventas parece una contradicción. Y lo es, queridos lectores, tienen ustedes razón. También es cierto que las opiniones ajenas, en la redacción de Akane Indie, siempre nos han parecido extravagantes. Lo que quiero decir es esto: la música independiente solo existe en consonancia con el mercado, y este se comporta según lo que dictan los consumidores, quienes, a su vez, son encandilados por la repetición en bucle de canciones pegadizas, y a veces simplemente carecen de criterio. Japón tiene una de las mejores escenas alternativas del mundo (la mejor, en mi humilde pero infalible opinión) porque cuenta con el segundo mercado musical en volumen de ventas, solo por detrás de Estados Unidos. Por decirlo de otra forma, haciendo uso de una metáfora minera: cuanto más carbón, más escoria. Hoy voy a hablar del carbón y no de la escoria.

En 2012 se vendieron en Japón 166,62 millones de CDs, la cifra más alta de los últimos catorce años. Los compact discs  hacen caja como si el bufé libre y gratuito que Internet representa desde el año 2000, en aquella parte del mundo hubiera sido solo un sueño. Hay que decir que en Japón la piratería está más o menos bajo control, y que de hecho este mismo año se aprobó una ley que prevé penas de cárcel para quien tenga el valor de bajarse una canción sin haber pagado antes por ello. Si no acabas entre rejas, tendrás que desembolsar un millón de yenes (20.000 euros) para librarte de la justicia. Es una cuestión cultural también, que tiene que ver con las bizarrías del capitalismo nipón. El llamado “síndrome Galápagos” hace que el país se modernice a su aire, libre como el sol cuando amanece, creando teléfonos tan avanzados e incongruentes que solo pueden ser utilizados en Japón. Esto, unido a un crecimiento económico nulo durante los últimos veinte años, después de una década de furioso desarrollo, ha dado lugar a anacronismos impensables en Europa y Estados Unidos, como tiendas de discos a las que la gente va sin ironía ni afectación, sino porque sí.

Cuatro álbumes han superado el millón de copias vendidas: dos “grandes éxitos” de Mr. Children, el disco 1830m, de AKB48, y una recopilación de singles de Kobukuro. En la lista de los más vendidos del año, entonces, estos cuatro monstruos aparecen en las primeras cuatro posiciones.  ¿Y quiénes son? Kobukuro no sé, pero Mr. Children triunfaron en la década de 1990, con varios temas indie-pop aptos para todas las radiofórmulas, algo parecido a lo que hicieron Amaral en España. No creo que sea mala música porque parece honesta, como también lo parece Amaral, pero tiene un público en mente, y ese público es el mismo que decora su casa en IKEA. Mr. Children cuentan con el favor de los oficinistas de treinta a cuarenta años de edad, cuyo poder adquisitivo les permite comprar discos, una o varias veces, para ellos mismos, y también para sus novios y novias, amantes y primos. De ahí que hayan editado, no una sino dos recopilaciones, y que ambas se hayan vendido como si estuviéramos en 1985. Es un regalo tan apropiado, tan navideño y yermo como -por ejemplo- la última novela sobre la Guerra Civil.

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Pero los adolescentes no compran discos sino sencillos, y el single es el imperio de AKB48, que por segundo año consecutivo ocupa los cinco primeros puestos de la tabla. Para quien no lo conozca todavía, baste decir que es un grupo de 90 jovencitas entrenadas en una cadena de montaje, para que bailen y canten y posen en bikini, con el propósito de mover yenes, desde la base de la pirámide hacia su cúspide, en el curso de pequeñas transacciones comerciales. La suma de dichas transacciones es lo que vulgarmente se conoce como beneficios. En concreto, este año AKB48 han generado un total de 170 millones de euros, que sale a mucho a la hora de repartir, incluso cuando hay casi cien bocas que alimentar. Bueno, estas niñas comen como pajaritos y solo necesitan las migajas del pastel. Ellas son la mano de obra, proletarias en una fábrica de chucherías, donde las máquinas son de regaliz y los uniformes huelen a fresa, como las gomas de borrar de Hello Kitty.

Hay un mánager, el genio detrás de la idea, y su nombre es Yasushi Akimoto. AKB48 son el sueño húmedo de cualquier discográfica del mundo: son teens, y van siendo sustituidas por nuevas miembros según cumplen los veintiún o veintidós años; el cambio de unas por otras, la sucesión de quienes seguramente hayan perdido la virginidad por las que seguramente todavía la conservan, se conoce como “graduación”, una etiqueta que, como todo lo que rodea al grupo, trae a colación el universo de Lolita. En resumen, se trata de convertir a adolescentes en niñas, y de hacer que estas se comporten como mujeres. El truco sobre los quinceañeros es doble: el público masculino compra la promesa de un sexo tan distante que parece de plástico, y el público femenino compra el vértigo de un sexo que además de lésbico y platónico es maternal, ya que apunta directamente a las certezas de la infancia. A esto hay que añadir verdaderas innovaciones en la venta del producto, saltándose las reglas impuestas por la cultura digital, y anteriores incluso a la televisión. Así, las chicas de AKB48 tienen su propio teatro en Tokio y actúan allí cada noche, acumulando beneficios a la manera de “Cats” en Broadway.

AKB48 es una franquicia. Las iniciales AKB son una abreviatura de Akihabara, el barrio tokiota donde está situado el teatro. Otros grupos apadrinados por Akimoto son, por ejemplo, SKE48 (cuyo teatro está en Sakae, Nagoya) y NMB48 (Namba, Osaka). Los hay también diseñados para audiencias de más de quince años (SDN48) y los hay internacionales (JKT48 en Yakarta, Indonesia). Varios de estos combinados ocupan trece de los veinte primeros puestos de singles más vendidos de 2012. Tal monopolio no se veía desde los años dorados de la Motown. Pero AKB48 son, por seguir con el ejemplo, las Supremes de todas ellas, las favoritas de Akimoto (un Berry Gordi japonés) y las que llevan años conquistanto el oro, la plata y el bronce. Para evitar el aburrimiento de las niñas, y la languidez monetaria que produce la repetición entre los consumidores, Akimoto ha diseñado un grupo cuya misión expresa es disputar el trono de sus primogénitas. Se llama Nogizaka46 y ya ha entrado en acción, en un combate que promete ser largo y sangriento. Mientras, está prohibido que ninguna de estas nínfulas etéreas tenga novio, lo cual resulta en sonrisas más radiantes todavía. También se rumorea que Akimoto, Rasputín donde los haya, movió montañas de dinero negro para poner en marcha su proyecto, allá por 2004.

AKB48 es la fórmula mágica del pop, la fuente de la eterna juventud. Pero no es un producto perfecto, ni mucho menos. Su talón de Aquiles ya lo he mencionado: la insularidad del capitalismo nipón. A pesar de su éxito, la marca 48 apenas es visible en Europa y EE.UU, y se conforma con exprimir el mercado local, un mercado potente pero estancado y con tendencia a decaer a largo plazo. ¿Qué importan un millón de CDs cuando “todo” sucede online? Mientras, el resto de Asia crece vertiginosamente. Y es que si hablamos de música, 2012 ha sido el año del K-pop. Japón nunca ha tenido un “Gangnam Style”, ni nada parecido, en parte debido a la falta de marketing globalizado, y en parte a causa de la anticuada producción de las canciones. En efecto, el J-pop de AKB48 suena un poco a Britney Spears circa 1999, con claras referencias a los años 80 —la década prodigiosa en Japón— y siempre anclado en el kawaii. El infantilismo del J-pop es un arma de doble filo, ya que atrae la atención de la comunidad global para luego desviarla de inmediato hacia una opinión —”Japón es raro”— que resulta siempre en un producto marginal. Kyary Pamyu Pamyu, la sensación de 2011, tuvo este tipo de efecto.

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El K-pop ha imitado el modelo nipón en lo que a férrea disciplina se refiere, pero ha borrado a Lolita de la ecuación y ha renovado el sonido hasta ponerlo a la altura de los últimos éxitos del Billboard. Hay algo de Skrillex, Lady Gaga, Nicky Minaj y Rihanna en el cóctel coreano, y en sus vídeos las chicas caminan invariablemente como lo hiciera Beyoncé en “Crazy in Love“, todo un acierto de presentación. El elemento sorpresa en Asia continental es la falta de nostalgia, la carencia de ruinas en un paisaje musical sin historia antigua, algo que en el pop occidental —y en Japón también— suele ser un lastre. Aunque su centro sea el hip hop, lo que oímos y vemos son todos los estilos y ninguno: pura alegría, inconsciencia. La anarquía lleva a grandes descubrimientos o por lo menos a aceptar la realidad tal y como es, sin detenerse a rumiar ese dilema eterno de la cultura que es el respeto a la tradición. Así pues, sabemos de sobra que tres minutos de lo mismo es demasiado tiempo en el cerebro del adolescente moderno, pero solamente el K-pop produce en masa sencillos que contienen varias canciones, perfectamente delimitadas y superpuestas. Sirva lo nuevo de Girls’ Generation (dos días en YouTube, casi 20 millones de vistas) como ejemplo.

Una parte de Japón mira a Corea del Sur con tirria nacionalista, y no está de más decir que en los últimos años ha habido manifestaciones callejeras contra la llamada Hallyu, es decir, la “ola” o “marea” de canciones y telenovelas coreanas en los medios nipones. Pero la que protesta es una minoría de insensatos, y lo cierto es que únicamente el autismo y la robustez del mercado nipón le ponen trabas a lo que viene de fuera, venga de donde venga. Toda Asia está plagada de fans y Occidente parece cada vez más abierto a una propuesta que, en principio, por una mezcla de inercia colectiva, arrogancia caucásica y saturación del universo pop con productos made in USA y locales, no debería calar. Por estos y otros motivos, el K-pop es un fenómeno relativamente modesto en Europa, sobre todo si pensamos en el esfuerzo hercúleo que han hecho sus inventores por alcanzar la perfección. En cuanto al patrocinio del país como “marca” en el extranjero, el K-pop es a Corea  lo que el fútbol es a España. Y en el plano artístico, simplemente no es posible añadirle más ni mejor decoración: cada detalle en cada vídeo coreano es una ficción con vida propia.

No se impondrá, o no mientras haya una industria en EE.UU., pero causará impacto. El primer aviso lo dieron 2NE1 hace algo más de un año, con un bassline extraordinario y un vídeo que supera los 60 millones de visitas. Poco después Girls’ Generation provocaron una pequeña tormenta mediática en América, y estos días un crítico del New York Times ha decidido que su concierto fue el segundo mejor de 2012.  Por fin, durante un otoño que prometía ser tan gringo como los demás (“Call Me, Maybe“), Corea se ha comido el mundo con insolencia advenediza. “Gangnam Style” es algo pasajero, y también es una parodia de todo lo que representa. Pero no deja de ser un hito, y por supuesto contiene elementos del K-pop ortodoxo: el color y las coreografías y los bajos sucios, ligeramente dubstep, agresivos e inofensivos al mismo tiempo. Esto último es, en fin, lo que pide el consumidor global: menos kawaii y más música de club nocturno. Y aunque el J-pop vaya aprendiendo la lección —por lo que se desprende de “Help Me“, el último single de Morning Musume va con mucho retraso. Habría que preguntarse, claro, si Japón necesita aprender de nadie. Su industria musical es anómala, pero al menos se puede permitir el lujo de ser independiente sin dejar de ser por ello gigantesca.

Los 20 sencillos más vendidos de 2012 en Japón.

1. 1,820,000 – AKB48 – Manatsu no Sounds good!

2. 1,437,000 – AKB48 – GIVE ME FIVE!

3. 1,303,000 – AKB48 – Gingham Check

4. 1,215,000 – AKB48 – UZA

5. 1,215,000 – AKB48 – Eien Pressure

6. 649,000 – Arashi – Wild at Heart

7. 620,000 – Arashi – Face Down

8. 593,000 – SKE48 – Kataomoi Finally

9. 588,000 – SKE48 – Kiss Datte Hidarisaki

10. 559,000 – SKE48 – Aishiteraburu

11. 559,000 – Arashi – Your Eyes

12. 449,000 – NMB48 – Nagiichi

13. 391,000 – NMB48 – Virginity

14. 376,000 – NMB48 – Junjou U-19

15. 375,000 – Eight Ranger – ER

16. 355,000 – Kis-My-Ft2 – WANNA BEEEE!!!/Shake It Up

17. 353,000 – NMB48 – Kitagawa Kenji

18. 322,000 – Kis-My-Ft2 – We never give up!

19. 320,000 – Kan Johnny∞ – Ai Deshita

20. 305,000 – NEWS – Chanpana

El ataque de los champiñones asesinos (1963)

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Aquí puedes escuchar una parte de la Banda Sonora Original de la película Matango (マタンゴ, Ishirō Honda, 1963), mejor conocida por su título en inglés, The Attack of the Mushroom People. En la grabación hay dos temas seguidos, uno inquietante como la muerte que acecha y el otro, a partir de los 3 min. y 50 s., que bien podría sonar en cócteles suburbanos de 1960. Lleva la firma del compositor tokiota Sadao Bekku (1922-2012). En la blogosfera occidental Bekku solo es recordado por Matango, hecha pensando en las palomitas, y no por el resto de su muy sesuda producción: óperas, sonatas, sinfonías. El pop es inocuo y no requiere una educación formal, pero también es más profundo, y desde luego más acorde con lo que sucede a pie de calle, que cualquier intento de replicar el clasicismo. Así que creo que El ataque de los champiñones asesinoscomo se tituló felizmente al castellano, es la perla de su biografía artística.

Sadao Bekku, 1922-2012

Matango es una historia de ciencia ficción típica de la Guerra Fría, a la manera de Godzilla y Mothrapero sin monstruos gigantes, con lo que resulta menos camp. El argumento es sencillo: un grupo de náufragos llega a una isla desierta y, a falta de alimentos, se come lo que allí crece, esto es, las setas. El efecto es el que todos podríamos esperar, y está bien logrado en la pantalla, con gran suspense o miedo psicológico, tanto como para que exista un pequeño culto a su alrededor. El responsable del guión fue Takeshi Kimura, también autor de títulos de menor valía como Frankenstein conquista el mundo. En esta ocasión Kimura volvió a reciclar un antiguo texto europeo, “La voz en la noche”, del británico William Hope Hodgson (1877-1918), quien inventó no pocas formas de horrorizar a lo lectores y murió él mismo víctima del horror, en las trincheras belgas durante la Primera Guerra Mundial. Este es un fragmento del germen literario de Matango:

“Ven conmigo, John”, dijo, y me condujo a popa. Al ver lo que crecía en su almohada, me estremecí y en aquel mismo instante decidimos abandonar en seguida el barco y ver si podíamos instalarnos más cómodamente en tierra firme. Rápidamente recogimos nuestras escasas pertenencias y entonces vi que incluso entre ellas había aparecido la masa, pues en uno de los chales de mi amada, cerca del borde, había un poco. Tiré la prenda por la borda, sin decirle nada a ella. La balsa seguía en el costado del barco, pero como era demasiado difícil gobernarla, eché al agua un bote pequeño que colgaba de lado a lado de popa y a bordo del mismo nos dirigimos a la playa. Mas al acercarnos a ella, poco a poco me di cuenta de que la vil masa que nos había hecho abandonar el barco empezaba a cubrir todo cuanto había en tierra. En algunos sitios formaba montículos horribles, fantásticos, que casi parecían moverse, como si albergaran algún tipo de vida silenciosa, cuando el viento pasaba sobre ellos. En otras partes tomaba la forma de dedos inmensos, mientras que en otras se limitaba a extenderse, lisa, viscosa y traicionera. En algunos sitios hacía pensar en árboles enanos y grotescos, llenos de nudos y pliegues extraordinarios… Y todo ello se movía a ratos, horriblemente. Al principio nos pareció que en toda la costa que había a nuestro alrededor no quedaba ni un solo lugar que no estuviera oculto bajo aquella horrible sustancia; pero más tarde pudimos comprobar que nos equivocábamos, pues al navegar siguiendo la costa, a cierta distancia, vimos un pequeña extensión de algo que parecía arena fina y allí desembarcamos. No era arena. Lo que era no lo sé.

Rumi Koyama & Adolf Hitler (1970)

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Esta es probablemente, seguramente, la mejor cubierta de la historia de la música popular nipona. Rumi Koyama se acurruca sobre sí misma, vestida de india o algo parecido, mientras le da la espalda a una imagen de Adolf Hitler. El efecto es espectacular, más aún si tenemos en cuenta que Rumi Koyama era una chica yeyé. Este fue su segundo sencillo, “Anata ni Maketa No / Mahoutsukai No Anata”, y vio la luz en 1970 por obra y gracia de Union Records. Es un asunto soul-blues, muy rítmico y en delicioso estéreo, como era ya tradicional en Japón. 1970 fue el año de Black Sabbath y The Stooges, y supongo que el mismo espiritu maligno, el de la muerte de la década de 1960, respira detrás de la portada que ves aquí. Sea como fuere, hay un abismo entre esta Rumi Koyama y la que debutara tan solo un año antes con el pudoroso sencillo “Hajimete no Date  (“Primera cita”).

Chibi-tech | Moe Moe Kyunstep

Alguien que se hace llamar Jaelyn es la culpable de lo que oyes. Es estadounidense, de padres asiáticos, y trabaja en Tokyo. Parece que Jaelyn ha exportado a Japón el nuevo gusto yanqui por el dubstep (aunque en Japón ya lo conocieran; esta sería una segunda ola propiciada por Skrillex) y que lo ha mezclado con el lolicore, también llamado otakucore, una cópula entre el noise y la subcultura kawaii. El resultado, lo mismo que enchufar la Game Boy a un amplificador Marshall y subir el volumen al máximo, es una dulce tortura acústica. Aquí puedes ver a Chibi-tech en directo.

En Akane Indie hice una introducción al dubstep nipón y hablé algo de lolicore y mucho, demasiado, de noise.

Atención. No son todo maquinitas; en su cuenta de Soundcloud hay guitarras y tambores, y también hay melodias distorsionadas. Es una especie de  j-pop alternativo.

Carnaval nocturno (1982)

No es fácil ver Carnaval nocturno (Yami no carnival, Masashi Yamamoto, 1982): cine crudo y sin rastro de ironía. El espectador moderno está acostumbrado a Trainspotting (1996) y a otras pelis de zombis de peluche que, a pesar de la historia, tienen sobre el alma el efecto opiáceo de una comedia romántica. Carnaval Nocturno es un chorro de agua fría.

Al comienzo de la cinta, Kumiko Ota (nombre real de la actriz, en realidad una cantante que nunca grabó nada) se despide de su banda para lanzarse al fondo de la noche como si no hubiera mañana. Lo que vemos mientras la seguimos es un paisaje habitado por fantasmas: psicópatas que giran en torno de los bares igual que planetas sin atmósfera, músicos en paro con manchas de sangre en la camisa, terroristas inmersos en los detalles del apocalipsis y violadores que acechan en manada, detrás de los arbustos, a la espera de saltar sobre los débiles.

Hay momentos o tramas enteras que años después copiarían filmes como El club de la lucha (1999). Y hay, también, un niño de por medio, como para recordarnos que esto no es una fantasía cyberpunk, sino la vida real, y que para la protagonista y el espectador, compañeros de viaje, aún existe la luz del día.

Carnaval nocturno es uno de los productos más originales del movimiento punk en japonés. Es original porque es seria, grave, sin el encanto casi kawaii de Crazy Thunder Road (Kuruizaki Sanda Rodo, 1980) o Burst City (Bakuretsu Toshi, 1982), ambas dirigidas por Sogo Ishii y referencias obligatorias en los blogs y festivales.

Es cualquier cosa menos otaku. No tiene coreografías, ni carreras de coches, ni novias de pechos generosos y densas cabelleras. Carece, en una palabra, de referencias rockabilly, y del consiguiente sentido del humor. Ya dije que la ironía brillaba por su ausencia; tampoco hay baile de disfraces. Sí, en la gran pantalla el punk nipón es lúdico y teatral. El cine de Ishii o la más reciente Wild Zero (Tetsuro Takeuchi, 1999) le deben tanto a Nevermind the Bollocks (1977) como a Grease (1978). Carnaval nocturno es una tesis doctoral punk, lo contrario de entretenimiento, pero sin John Travolta en la bibliografía .

En lo musical, mientras que Ishii presentaba al mundo a bandas como The Stalin o The Rockers, Yamamoto asume que no hay nada que presentar, dando por concluida la escena e insistiendo así en la ausencia de futuro. A pesar de todo, uno de los actores es Michiro Endo, líder de The Stalin. Y a pesar del nihilismo, el espíritu de la cinta es post-punk y New Wave; el violín que suena en el vídeo es el mejor ejemplo de lo que digo.