Where did these motherfuckers come from?

El pasado marzo Akane Indie cumplió tres años. Cuando comencé no tenía ni idea de que hubiera tantos hispanoparlantes interesados en el tema. Ha sido un placer comprobar que la música japonesa tiene su ejército de fans a ambos lados del Atlántico. Uno de los primeros grupos de los que hablé, y uno de mis favoritos, es Seagull Screaming Kiss Her Kiss Her, en activo en la década de 1990. Al descubrirlos hace ya diez años, recuerdo haberme preguntado: ¿De dónde han salido estos? Mi punto de vista cambió completamente en esa época. Ahora estoy convencido del valor de las guitarras en Japón, al igual que sé que la música negra es el origen de todo lo que oímos. La cantante de SSKHKH es la fabulosa Aiha Higurashi, a quien pude entrevistar, y que ahora está en muy buena forma, al frente del trío The Girl.

He estado pensando en la trayectoria del blog. Sin haberlo pretendido, cada año Akane Indie ha seguido una tendencia: el primero estuvo dedicado a hacer un mapa del indie en sentido estricto (sin ocultar mi gusto por el garage), el segundo fue un homenaje al ruido, y el tercero trató de la historia y sus recovecos. Y parece que desde enero de 2013 vengo interesándome por el j-pop. He disfrutado mucho desmontando a AKB48, a la vez que admiraba el impetuoso ascenso del pop coreano. Una cualidad de la escena k-pop ―que es un poco el eco del auge de los teléfonos Samsung― es que ellas parecen tener toda la garra de la que ellos carecen.

La verdad es que el j-pop es un estilo musical fascinante. Y aunque sea enlatado y bla bla bla, la producción es siempre reconocible, incluso cuando es tan ñoña como la de AKB48. Ser reconocible es tener una identidad. Además, la mayoría de estos grupos no llegarían a fin de mes si vivieran solo de su arte. Es decir, desde esta perspectiva, el j-pop es tan alternativo como pueda serlo el punk. A fin de cuentas es una cuestión de imagen o estilo: quién elige ser qué. Y en la cultura de ídolos japonesa hay tanto radicalismo, que este casi parece la regla. Véase BiSimulation:

Y, como digo, músicalmente hablando, el j-pop es una marca de identidad nipona inigualable. El indie suele serlo también, pero solamente si uno se fija en lo más original de cada época. A partir del año 2000, ha habido una forma hipersensible de tocar la guitarra, una manera pop de construir las melodías y una técnica honesta a la hora de grabar las canciones (sin filtros de ninguna clase) que solamente se da en Japón. Mi opinión es que todo esto se remonta a Number Girl, quienes a su vez eran los mejores discípulos de SSKHKH. Lo último de The Band Apart es un eslabón más en esta cadena de perfección.

Pero allí también hay miles de imitadores de Joy Division, y la verdad es que no tengo la edad ni la paciencia para dedicarles un minuto de mi tiempo. Vale, tres minutos: el talento de Plasticzooms es indudable, pero sonarían mucho mejor si no fueran tan conscientes de su postura.

Es lo mismo en el Reino Unido. No vayan ustedes a creer que Japón es el único país que copia o imita a bocajarro: Tokio plagia a Londres, y Londres se plagia a sí mismo, lo cual es mucho peor. Una réplica idéntica no tiene por qué ser mala. He estado leyendo la autobiografía de Keith Richards, donde el guitarrista explica cómo los Rolling Stones aspiraban a recrear el blues en Inglaterra, y cómo en su primera gira americana, en 1964, Bobby Womack ni siquiera sabía que los intérpretes de la versión de “I Just Want to Make Love To You” eran blancos, ni mucho menos ingleses. Where did these motherfuckers come from?, preguntó a su mánager al conocerlos. Sería necesario que alguien supiera (o quisiera) arrancar a las guitarras de su limbo. Siempre nos queda lo retro, claro. Y la música de baile, inspirada en el hip hop, donde suceden los riffs más agresivos, y los mejores basslines, y los ritmos más audaces.

Chibi-tech | Moe Moe Kyunstep

Alguien que se hace llamar Jaelyn es la culpable de lo que oyes. Es estadounidense, de padres asiáticos, y trabaja en Tokyo. Parece que Jaelyn ha exportado a Japón el nuevo gusto yanqui por el dubstep (aunque en Japón ya lo conocieran; esta sería una segunda ola propiciada por Skrillex) y que lo ha mezclado con el lolicore, también llamado otakucore, una cópula entre el noise y la subcultura kawaii. El resultado, lo mismo que enchufar la Game Boy a un amplificador Marshall y subir el volumen al máximo, es una dulce tortura acústica. Aquí puedes ver a Chibi-tech en directo.

En Akane Indie hice una introducción al dubstep nipón y hablé algo de lolicore y mucho, demasiado, de noise.

Atención. No son todo maquinitas; en su cuenta de Soundcloud hay guitarras y tambores, y también hay melodias distorsionadas. Es una especie de  j-pop alternativo.

Entrevista en Radio 3: “Especial Japón”

El otro día hablé con Ángel Carmona en “Hoy empieza todo”, de Radio 3, sobre música japonesa. Ya había tenido la oportunidad de hacerlo cuando apareció Rokku, allá por enero de 2012. Esta vez me pidieron que recomendara tres grupos actuales y eso hice. Este tema de Etsuko Yakushimaru (en la foto) deleitó al personal. El programa al completo merece la pena, no solo por el indie de última generación, sino sobre todo por la elegancia retro del pop sesentero.

Hoy empieza todo con Ángel Carmona – Especial Japón – 31/10/12

Kaisoku Tokyo | Rock in Japan

A veces todo lo que hace falta para darle a uno esperanzas sobre el futuro de la música popular, es un minuto y medio de punk. Kaysoku Tokyo (快速東京) no suenan muy nipones: hacen punk global estándar. El single 「かいじゅう」 podría haber salido de Portugal, por ejemplo, si hubiera sido cantado en portugués. Bueno, el vídeo es un vástago de Godzilla. Son cuatro, se formaron en 2008 en la Universidad de las Artes de Tama, y en 2010 tocaron en el mega-Festival de Fuji.  Tienen dos álbumes. El segundo se llama Rock in Japan (ロックインジャパン) y salió a la venta en el verano. Y ya que son estudiantes de Bellas Artes, le dedican mucho tiempo al manga y al diseño, y a otros menesteres de dudosa utilidad. Este que ves abajo es uno de sus carteles. Puedes hojear, metafóricamente, el resto de su página web.

Guitarras limpias y ritmos sucios: el math rock en Japón

En el principio estuvo el ritmo. Hay músicas diabólicas (la clásica es el mejor ejemplo) que no se pueden bailar ni casi disfrutar de pie. Tampoco el jazz es muy bailable: la danza a la que empuja requiere creatividad y, a no ser que uno sepa de qué va el jazz -o a no ser que carezca de inhibiciones-, ni siquiera se puede practicar tamborileando con los dedos en el muslo. El rock matemático, o math rock, es otro de esos productos que se resisten a la tentación de los ritmos pegadizos. Es un diseño imposible. Y en Japón hay una verdadera escuela.

Habrá quien diga que el math rock es una cuestión americana, desde King Crimson a Battles pasando por Tool. Si eso es cierto, también lo es que lo que hace Japón no es un homenaje. Lejos de ser un experto en el tema, tan sólo puedo imaginar que los orígenes son anglosajones (no deja de ser pop-rock) pero que, como estilo musical, el math rock japonés se desarrolla de manera independiente: por el número de grupos que lo practican, y porque tiene consistencia y originalidad. Es decir, no es una versión imperfecta ni es una minúscula aberración, es una escena.

La mayoría de grupos de rock matemático nipón parecen hacer una lectura contemporánea de Zazen Boys, el conjunto de Mukai Shutoku, exvocalista de Number Girl. Entre Number Girl y Zazen Boys hubo un giro, un cambio de rumbo, de Pixies a Radiohead, Kid A en adelante y más allá todavía. El resultado es algo menos agresivo que el post-rock ortodoxo y algo menos triste que esa fina capa de hielo llamada Sigur Rós. Más concretamente, el math rock toma prestadas varias cosas de Zazen Boys: los ritmos abruptos, las guitarras limpias y el sacrificio del espectáculo en beneficio de la técnica.

Hay un aire en la actitud de los músicos de math rock que recuerda a los orígenes de las guitarras eléctricas en Japón, cuando los Ventures causaban furor y los chicos estudiaban ensimismados la ejecución de un riff o el minucioso diseño de las guitarras Mosrite. Es una cualidad muy juvenil y masculina –el frío purismo que ni siente ni padece– que se puede ver en los directos de Toe, por citar un nombre: como si fueran un grupo de amigos ensayando, sin esbozar una sonrisa, concentrados en los instrumentos, mirándose los unos a los otros.

En los últimos diez años, quizás con Toe a la cabeza, ha surgido un pequeño ejército de grupos cuya música suena a escuadra y cartabón, a plantilla Excel y a dibujo de Escher. Entre ellas se encuentran , Lite, Nuito, About Tess, 3ND, REGA… Alguno que otro (Mouse on the Keys) se inspira en el jazz para crear ritmos que de tan difusos casi parecen muros de sonido. Hay solistas (World’s End Girlfriend) cuyo caos personal suena un poco math rock y hay quienes dejan la destreza guitarrística al margen para seguir los pasos de Boredoms y su tribalismo noise, por ejemplo las chicas de Nisennenmondai. Y tratándose de Japón, hay propuestas que reniegan del ritmo y al hacerlo suenan a pop-rock excéntrico (Usotsuki Barbie) más que a math rock, en la línea de los bien conocidos Polysics. Y por fin, algunos sólo se alejan una brizna del canon para hacer anti-ritmos casi comerciales; véase, Owarikara:

Estas últimas son algunas de las muchas excepciones. La regla, que casi todos comparten en uno u otro momento de sus producciones musicales, está en el sonido instrumental y en el uso de guitarras claras y precisas. Esto es lo que distingue el math rock nipón de su equivalente americano, mucho más hardcore o pesado. También lo distingue, por cierto, del océano de grupos indie-pop que anegan el circuito alternativo nipón y que suenan (sin ser obligatoriamente malos) como la banda sonora de algún animé. El rock matemático nipón es impecable y por ello es inconfundible. Al oír esos acordes, no hace falta ver un vídeo ni oír una voz para saber que estamos ante un grupo japonés.